16 de junio de 2012

Chicho, te recuerdo.

Nunca me gustaron los días del padre ni de la madre. Eran como casi una obligación: Hacerles un regalo bonito, intentar despertarse temprano para prepararles desayuno a la cama, o la huevá que se me ocurriera. La verdad, se me dificultaba pensar cosas "especiales" para esas fechas, porque solía inventar o preparar momentos bonitos para el Chicho y la Mariela cada vez que podía. 
El Chicho y la Mariela fueron juntos los mejores papás que cualquier persona en el Universo pudiera pedir. Por eso a veces me arrepiento ene de haber marcado tanta distancia con mi mamá desde tan chica, porque en volá nunca se lo mereció. Y es por eso mismo que desde hace un par de años, intento recuperar a diario tanto tiempo mal aprovechado.
Sin embargo -y como esta nota no tiene el nombre de mi mamá-, siempre fui más cercana a mi papá. Y es a ti a quien te escribo, viejo, para que recordemos tu historia, que es mía y es nuestra.
Sé que fui yo tu regalona, a la que nunca jamás le faltó nada, y a la que tu mismo te empeñaste en enseñarle a luchar para que a nadie le falte en la vida. Era a mi a quien llevabas a reuniones con pobladores, pescadores artesanales y toda esa gente bonita y sacrificada a la que apoyaste con un código civil bajo el brazo, a cambio de un llenador "gracias" y un pancito amasado o pescada seca, lo que fuera su cariño. Recuerdo que, teniendo yo seis años, corrimos de la mano arrancando de un guanaco por las calles de Caleta Lo Rojas. Recuerdo que a los ocho, te ví llorar por primera vez cuando te emocionaste con un cuento que escribí de los hijos de los pescadores. Recuerdo que llegabas a la casa todos los días con un Kinder Sorpresa para Paulita y Gabrielito, y con una flor, o una tarjeta, para mamá. Recuerdo que odiabas el Mc Donalds, y que repetías incansablemente que iba contra tus principios comprar allá, pero como a cierto hermano menor le encantaban esas hamburguesas medio plásticas, cedías. Recuerdo que me llenabas de libros, y en tu cuadratura, me preguntabas sobre ellos: Una vez te mentí, y me puse a inventar la historia de uno que no me había leído; te enojaste tanto, que apagaste la radio del auto y me dejaste con una canción de Sabina a la mitad. Así aprendí a evitar los engaños. Recuerdo que te gustaba salir a pasear sin rumbo ni destino; "se hace camino al andar", decías siempre. Recuerdo que veías películas hasta muy tarde, con la única compañía de un cigarro y un café. Recuerdo que dabas millones de vueltas antes de instalarte a disfrutar una película porque te gustaba la calidad al estilo cine, y ponías esos parlantes de sonido envolvente y blablablá. Recuerdo que te comías las uñas, y con el Gabriel heredamos ese mal hábito. Recuerdo que fumabas tanto que hasta mi pijama olía a cigarro, y me caías mal por eso. Recuerdo que eras un pésimo cocinero: hubo una vez en que mi mamá salió temprano a ser vocal de mesa, se te ocurrió darnos de desayuno té con limón -esa fue la única vez en la vida que pasé hambre-. Recuerdo que cuando salíamos en auto jugábamos al autopencil/bachillerato/como-sea-que-se-llame, y que nunca en la vida pude ganarte. Recuerdo que cuando se acababan nuestros juegos, cantábamos a toda voz algunos tangos de Gardel, o uno que otro tema de Sabina. Recuerdo que hubo un tiempo que te rayaste con la Luz Casal, la Nana Mouskouri, Piero, Phil Collins la música clásica y la música instrumental de películas: Con mi hermano escondimos los cd's... y nunca los encontraste. Recuerdo que me molestabas por ser llorona (apodos como "Princesa del Lamento", "Emperatriz del Llanto", "Zarina de la Lágrima", "Reina del Sollozo" y derivados, fueron creación tuya), pero produjiste el efecto contrario. Recuerdo que me enseñaste a jugar pacman en el computador de tu oficina, y te enojaste cuando la tía Gaby me enseñó el juego de los ratoncitos porque dejé botado el pacman. Recuerdo que mis amigos te temían por tu aparente seriedad, pero nunca conocieron al hombre afable escondido tras tanta rigidez. Recuerdo que nunca me celebraste un siete en el colegio, porque repetías constantemente que el logro no estaba en la nota, sino en el proceso y en el aprendizaje. Y eso recién ahora vengo a entenderlo. Recuerdo que me enseñaste a ser perfeccionista, minuciosa y responsable con el ejemplo. 
Recuerdo que te cargaban los tallarines porque te empachaste con ellos de pequeño. Recuerdo que nunca en la vida te ví curado (y de hecho, sólo una vez terminaste en ese estado. Fue como a los 18, solías contarlo). Recuerdo que cuando habían partidos de Chile, comíamos completos o pichanga y tu llegabas antes del trabajo. Recuerdo que inventabas chistes tan fomes, que me burlaba de ti por eso. Recuerdo que odiabas con el alma los relojes, y más aún los celulares, porque odiabas que controlaran tu tiempo. Recuerdo que hablar de Promas te llenaba de orgullo. Recuerdo que cuando hiciste clases en la U sufrías aprendiendo a planificar porque mi mamá era muy apurona para enseñarte. Recuerdo que ese fue el tiempo en que te ví más feliz. Recuerdo que te veías cabizbajo cuando aprobaron la Reforma Procesal Penal; y fue tanto tu enojo, que agarraste esa figura de hierro que tenías de "La Justicia" y me llevaste a un cerro donde la enterramos de cabeza. Desde ese día dejaste de ejercer de la forma tradicional. Recuerdo tu impaciencia, tu capacidad de hacer diez cosas a la vez, y tu constante búsqueda del saber. Siempre quise ser un poquito como tú. Me enseñaste además a volar, a vivir de grandes ideas, por y para mis sueños.
También recuerdo que no estabas de acuerdo con lo que decidí estudiar, pero nunca dejé de sentir tu apoyo. Recuerdo que conversábamos de la vida, de política, de educación, de salud, de filosofía y de cine de forma tan pasional que nos hacíamos enojar. A veces coincidíamos, otras no tanto. Así aprendí de tolerancia y respeto.
 Recuerdo que bailabas re bien y que querías aprender a bailar cueca. Esa es la primera promesa que quedó inconclusa. Recuerdo que te dije que daría siempre lo mejor de mi en todo lo que me propusiera, y esa es una promesa cumplida a medias. Si estuvieras acá, me habrías sermoneado por ello. 
Recuerdo que te prometí no dejarme derribar nunca, y a veces siento que te fallo con eso. 
Recuerdo que amabas la vida de tanto odiarla -"el mundo fue y será una porquería, ya lo se"-. Vi como la vida te fue curtiendo de a poco, y bajándote un poco la moral. Pero nunca te hizo perder la esperanza, y fue eso lo que en todo momento trataste de transmitirme. 

Recuerdo haberte dicho innumerables te quiero y muchos te amo. Sigo sintiendo que no fueron suficientes. También recuerdo que me traspasaste tu no-gusto por las flores, y me siento la peor traidora de la vida cada vez que te llevo un ramo de flores al cementerio.



"La gente no muere hasta que se le olvida", me dijiste días antes de partir para siempre. Quiero que sepas que tu nunca vas a morir en mi corazón.
"Nunca quise que vieras a este roble caer", te escuché decir casi al final. Quiero que sepas que fuiste el roble más bonito del mundo, y que no caíste, porque yo te ví siempre fuerte y poderoso.
"Hay cosas que vas a descubrir después, que te harán pensar que la vida es dura. Tienes que aprender a vivir con ellas, superarlas y seguir firme, siempre." Quiero que sepas que voy aprendiendo, y no me voy a dar por vencida porque no quiero una tercera promesa incumplida.

Sobre lo que nunca dijiste, sobre las heridas que aparecieron a lo largo del camino nuevo que nos quedó para transitar... sobre eso, quiero que sepas que te perdoné, que no puedo tapar el sol con un dedo, y que me siento más en paz después de una larga guerra interna. Quiero decirte que, por sobre todas las cosas, no hay persona en la Tierra que pueda reemplazarte porque fuiste y serás el mejor papá que una Pali pueda querer. Fuiste mi ejemplo en el pasado, lo eres hoy y lo serás mañana. No he dejado de sentirme orgullosa de ti ni por un segundo. 


También debo decir que no quiero ni necesito otra figura paterna en mi vida, y que no busco en nadie un símil con mi papá. 

PD: Mami, a ti también te amo.

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